Cómo usar tu nuevo sartén de hierro fundido

La primera vez que alguien compra una sartén de hierro fundido suele pasar una de dos cosas: o la trata como una reliquia familiar desde el minuto uno, o intenta cocinar un huevo sin grasa, se pega medio desayuno al fondo y concluye que aquello fue una pésima idea.

Ninguno de los extremos ayuda mucho.

Una sartén de hierro no es delicada, pero sí tiene carácter. Pesa, tarda un poco en calentarse, conserva el calor de una manera que una sartén ligera no consigue y, con el uso, desarrolla una superficie cada vez más agradable para cocinar. No es magia. Es química, grasa y paciencia.

Y hay algo especialmente satisfactorio en usarla para la cocina casera mexicana: tortillas calientes, bistec dorándose junto a cebollas, una reconfortante crema de brócoli, nopales con bordes tostados, queso formando costra, chiles asándose hasta que la piel se ampolla.

Una buena sartén de hierro puede durar décadas.

Eso sí: primero hay que entender qué significa realmente curarla, cómo lavarla y por qué subir el fuego al máximo no siempre es la brillante estrategia que parece.

Qué significa curar una sartén de hierro

El curado —también llamado sazonado o seasoning en inglés— consiste en crear sobre el hierro una película muy delgada de aceite transformado por el calor.

Cuando una capa fina de grasa se calienta suficientemente sobre el metal, parte de sus moléculas se polimerizan y forman una superficie adherida a la sartén. Esa capa ayuda a proteger el hierro de la oxidación y mejora progresivamente su comportamiento al cocinar.

Aquí aparece el primer malentendido.

Curar una sartén no significa bañarla en aceite.

De hecho, demasiado aceite suele empeorar el resultado. En lugar de una superficie lisa y seca, podemos terminar con una película pegajosa, irregular, como si alguien hubiera untado miel en el fondo.

El principio es justo el contrario: aceite suficiente para cubrir, pero tan poco que casi parezca que lo retiramos por completo.

Las sartenes nuevas de muchas marcas actuales ya vienen precuradas de fábrica. Lodge, uno de los fabricantes estadounidenses más conocidos de hierro fundido, comercializa desde hace años buena parte de sus piezas con curado previo. Eso permite cocinar prácticamente desde el primer día.

¿Significa que nunca habrá que reforzar ese curado? No.

Con el tiempo, cocinar alimentos grasos, secar correctamente la sartén y aplicar capas ligeras de aceite va construyendo una superficie más resistente.

Es una herramienta que mejora trabajando. Una rareza encantadora en una época donde tantos objetos parecen diseñados para hacer exactamente lo contrario.

Cómo curar una sartén de hierro en casa sin complicarse

Si la sartén está nueva, oxidada en algunas zonas o perdió parte de su capa protectora, puede hacerse un curado completo en el horno.

Primero hay que lavarla y secarla perfectamente.

Sí, se puede usar jabón para platos. La vieja prohibición viene en buena parte de una época en la que los jabones podían ser mucho más agresivos y el curado doméstico era diferente. Un detergente moderno suave, utilizado con sensatez, no debería arrancar una superficie bien polimerizada.

Después del lavado, coloca la sartén unos minutos sobre fuego bajo para eliminar cualquier humedad.

Ahora viene el aceite.

Sirven aceites neutros capaces de soportar temperaturas relativamente altas, como canola, girasol o semilla de uva. También hay quienes utilizan aceite vegetal común.

Pon una cantidad pequeña sobre toda la pieza: interior, exterior y mango si también es de hierro.

Después retírala con un paño limpio.

Retira más.

Cuando parezca que ya no queda prácticamente aceite, probablemente estás cerca de la cantidad correcta.

Para un curado en horno, una temperatura alrededor de 230 °C resulta habitual. La sartén se coloca invertida para reducir la posibilidad de acumulaciones de grasa y se mantiene aproximadamente una hora, dejando después que se enfríe.

Las instrucciones concretas pueden variar según el fabricante y el aceite empleado, así que una sartén nueva merece una lectura rápida de su manual.

Una sola capa funciona.

Varias capas finísimas funcionan mejor.

Cinco capas gruesas no son cinco veces mejores. Sólo son cinco oportunidades de fabricar una superficie pegajosa.

sarténes de hierro en la comida

El color negro perfecto no aparece necesariamente el primer día

Una sartén recién curada puede verse café oscuro, grisácea o irregular.

No pasa nada.

Con uso frecuente, la superficie suele oscurecerse. Freír, dorar carne o preparar ciertos alimentos con un poco de grasa contribuye a fortalecer el curado.

Al principio yo evitaría estrenar una sartén recién restaurada cocinando durante una hora salsa de jitomate muy ácida.

Los ingredientes ácidos pueden reaccionar con el hierro, especialmente cuando el curado todavía es débil. Cocinar algo con jitomate unos minutos no tiene por qué provocar una catástrofe, pero una cocción larga de salsa ácida no es precisamente el mejor entrenamiento inicial.

Primero dale kilómetros.

Papas. Tortillas. Carnes. Cebollas. Huevos con suficiente grasa. Verduras salteadas.

El hierro aprende trabajando, si se me permite humanizar demasiado a un pedazo de metal.

El secreto del hierro no es fuego máximo, sino tiempo

Una sartén ligera responde rápido al quemador.

El hierro fundido tiene otra personalidad.

Tarda más en calentarse, pero una vez caliente conserva una enorme cantidad de energía. Por eso funciona tan bien para dorar carne. También por eso puede quemar cebollas durante varios minutos después de que alguien, alarmado, decidió bajar el fuego.

Lo más útil es precalentar gradualmente.

Pon la sartén a fuego medio o medio-bajo durante unos minutos antes de empezar a cocinar. Luego ajusta según lo que vayas a preparar.

Este pequeño hábito produce una temperatura más uniforme.

Quienes estrenan una sartén de hierro suelen pensar: “es gruesa, necesita el quemador a toda potencia”.

No necesariamente.

El hierro conserva calor como una pared de piedra calentada por el sol: tarda en llegar, pero después no lo suelta fácilmente.

Cómo hacer tacos usando una sartén de hierro

Aquí es donde la herramienta empieza a ganarse su espacio en la cocina.

Una sartén grande permite cocinar prácticamente todos los componentes de unos tacos sin cambiar de utensilio.

Imagina unos tacos de bistec con cebolla.

Primero calienta la sartén gradualmente. Mientras tanto, seca bien la superficie de la carne con papel de cocina. La humedad es enemiga del buen dorado porque antes de que la carne pueda tostarse, esa agua tiene que evaporarse.

Agrega una pequeña cantidad de aceite.

Coloca la carne sin amontonar.

Y luego haz algo extraordinariamente difícil: no la estés moviendo cada ocho segundos.

Para formar una superficie dorada hace falta contacto sostenido con el metal.

Cuando la carne se desprende con facilidad y tiene buen color, dale vuelta. Después puedes retirarla, cocinar cebolla y chiles en la misma grasa y devolver la carne brevemente a la sartén.

Finalmente llegan las tortillas.

Las tortillas de maíz funcionan muy bien sobre hierro caliente. Basta calentarlas unos segundos por cada lado hasta que recuperen flexibilidad y aparezcan pequeñas zonas tostadas.

Una tortilla caliente absorbe parte de esos aromas que quedaron en la superficie.

No es exactamente cocina de restaurante.

A veces es mejor: no hay que fingir que la mancha de salsa en la camisa forma parte de la experiencia gastronómica.

sartén de hierro fundido

Carne bien dorada: el error es llenar toda la sartén

Hay una tentación comprensible: si tenemos un kilo de carne, queremos cocinar el kilo de una sola vez.

La sartén protesta.

Al colocar demasiada carne fría, la temperatura de la superficie cae y comienza a acumularse vapor y líquido. En vez de dorarse, la carne se cuece parcialmente en sus propios jugos.

Mejor cocinar en tandas.

Esto vale para bistec, fajitas, carne picada y prácticamente cualquier proteína donde queramos caramelización superficial.

La reacción de Maillard —responsable de muchos de esos aromas tostados y sabores intensos— ocurre con mayor facilidad cuando la superficie del alimento está relativamente seca y suficientemente caliente.

No hace falta memorizar química.

Sólo recuerda esto: seco, caliente y sin amontonar.

Si cocinas pollo, carne molida o cortes enteros, la seguridad no debe depender del color exterior. Para lograr un cocinado adecuado la referencia de temperatura interna mínima es 74 °C para aves, 71 °C para carnes molidas y 63 °C para cortes enteros de res, cerdo, ternera y cordero acompañados de un reposo de tres minutos.

Un termómetro de cocina es menos romántico que cortar la carne y mirarla con expresión experta.

También es bastante más preciso.

Verduras en hierro: cuando “quemadito” significa sabor y no accidente

El hierro resulta estupendo para verduras que mejoran con bordes dorados.

Calabacitas, nopales, champiñones, cebollas, pimientos, espárragos, elote y brócoli soportan muy bien este tipo de cocción.

Aquí tampoco conviene abarrotar la superficie.

Para unos nopales, por ejemplo, puedes cortar las pencas limpias en tiras y colocarlas sobre una sartén caliente con poca grasa. Al principio liberarán humedad. Déjalos trabajar.

Cuando parte de esa agua desaparezca, comenzarán a dorarse.

Agrega cebolla, chile y sal hacia el final. Un poco de queso fresco al servir y ya tienes relleno para tacos.

Los champiñones funcionan con una lógica similar. Si llenamos la sartén hasta convertirla en bosque, liberarán tanta agua que terminarán cociéndose. Si tienen espacio, el resultado cambia: bordes tostados, sabor más concentrado.

La cocina casera está llena de pequeñas diferencias de este tipo. Cinco minutos y una sartén bien caliente pueden separar una verdura “correcta” de algo que alguien empieza a comer directamente desde la estufa.

Queso y hierro: una amistad peligrosa para la fuerza de voluntad

Si nunca has colocado queso directamente sobre una sartén bien curada, hay terreno por explorar.

Un queso que funda y dore puede formar una costra extraordinaria.

Coloca una porción pequeña y espera a que la grasa empiece a salir y los bordes se tuesten. Encima puedes poner una tortilla. Presiona ligeramente, deja que se adhiera y voltea todo.

Después rellena con carne, hongos, chile poblano o lo que tengas.

La superficie de hierro ayuda a mantener una temperatura estable y favorece una costra uniforme.

Eso sí: una sartén mal curada puede recordar inmediatamente quién manda. El queso se pegará con entusiasmo.

Una espátula fina y paciencia suelen ayudar.

Sigue leyendo: El mito de la pasta “pesada”

Cómo lavar la sartén después de cocinar

Aquí empieza la religión.

Hay personas que jamás permiten una gota de jabón cerca de su sartén. Otras la tallan como si estuvieran eliminando pruebas forenses.

No hace falta ninguna de las dos cosas.

Cuando la sartén se haya enfriado lo suficiente para manejarla con seguridad, enjuágala con agua caliente y limpia los restos con una esponja o cepillo no excesivamente abrasivo.

Si hay comida pegada, agrega un poco de agua y caliéntala unos minutos. El calor ayuda a desprender los residuos.

Puedes usar una pequeña cantidad de jabón suave cuando sea necesario.

Después hay un paso que sí considero obligatorio: secar inmediatamente.

No la dejes escurriendo durante horas.

Ponla sobre fuego bajo durante unos minutos hasta eliminar completamente la humedad. Cuando esté seca y todavía tibia, puedes extender una capa diminuta de aceite y retirar el exceso.

Tan poca cantidad que no se vea grasosa.

Eso mantiene protegida la superficie para el siguiente uso.

recetas en sartén de hierro

¿Qué hacer si aparece óxido?

No significa que perdiste la sartén.

El hierro fundido es extraordinariamente recuperable.

Si aparecen pequeñas zonas de óxido superficial, talla la parte afectada hasta retirarlo, lava, seca perfectamente y vuelve a hacer el proceso de curado.

En casos severos puede ser necesario eliminar buena parte de la capa anterior y empezar prácticamente desde el metal desnudo.

Suena dramático.

No lo es.

Una de las virtudes del hierro fundido es precisamente esa: mientras la pieza no esté físicamente rota o profundamente dañada, suele poder restaurarse.

Compáralo con una sartén antiadherente convencional cuya capa ha empezado a desprenderse. Una envejece adquiriendo cicatrices que pueden repararse; la otra suele caminar lentamente hacia el bote de basura.

Hierro 1, modernidad 0. Por esta vez.

Cosas que yo no haría con una sartén de hierro

No la dejaría remojando toda la noche.

No la metería al lavavajillas.

No guardaría comida dentro durante días.

Tampoco vertería agua fría sobre una sartén extremadamente caliente. Los cambios bruscos de temperatura pueden generar tensiones innecesarias en el metal.

Evitaría cocinar durante largos periodos alimentos muy ácidos cuando el curado todavía es reciente.

Y quizá la recomendación más importante: recordaría siempre que el mango está caliente.

Parece ridículo advertirlo hasta que uno toma por reflejo una sartén que acaba de salir del horno.

El hierro tiene la poco amable costumbre de hacer que el mango alcance temperaturas similares al resto de la pieza. Un guante seco o protector de mango debería estar cerca.

Una sartén que mejora mientras deja de parecer nueva

Tal vez lo más atractivo de una sartén hierro —expresión poco elegante, pero frecuente cuando alguien empieza a buscar una para su cocina— es que no necesita permanecer impecable para funcionar bien.

Al contrario.

La sartén nueva puede llegar perfectamente uniforme. Después aparecen cambios de color, manchas más oscuras, pequeñas marcas. Y mientras visualmente pierde aquella perfección de catálogo, culinariamente comienza a mejorar.

Eso contradice bastante nuestra relación habitual con las cosas.

Compramos objetos esperando mantenerlos como nuevos.

El hierro fundido pide otra cosa: úsame.

Cocina unas tortillas. Asa un chile. Dora carne. Haz unas papas. Fríe un huevo. Limpia, seca y vuelve mañana.

Con el tiempo habrá una noche cualquiera en la que calientes la sartén, tires unas cebollas y escuches ese chisporroteo grave que anuncia que algo bueno está por ocurrir. Quizá prepares bistec, unas calabacitas o tacos con lo que quedaba en el refrigerador.

Y entonces entiendes por qué algunas familias conservan estas piezas durante generaciones.

No porque sean perfectas.

Precisamente porque soportan años de cocina imperfecta.

editor

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